Master

De nuevo el equipo completo

Las estatuas a los dioses enanos, antaño símbolo de la fortaleza del panteón, fueron testigos de una tragedia. Después de la mutilación de la estatua de Araneth y del nacimiento de la sierpe infernal, el templo estaba sumido en un caos de llamas oscuras y enanos desesperados. Marlyn, imbuida con el poder de Moradin, no tardó en señalar a Aigor como el culpable de la corrupción que estaba destruyendo a su pueblo. Mientras aquellas palabras fueron más crueles que cualquier espada, Aigor, antaño paladín de Araneth, se vio señalado como la fuente de la desgracia del panteón, un heraldo de la caída de su diosa. Incapaz de defenderse ante la furia de su propio pueblo, fue expulsado de la Casa del Enano. En un acto simbólico de ruptura con su pasado, Aigor dejó atrás su escudo, su espada y su símbolo sagrado, los últimos vestigios de la fe que una vez lo definió. Sin la protección de su fe y con la sombra de Bell aun sobre él, el camino de Aigor se oscurece.

Después del desastre en la Casa del Enano, el grupo regresó a la Mansión Cráneo de Trol, su nueva base de operaciones en Waterdeep. Allí los esperaba Mustang Doe, el siempre molesto monje de las sombras, acompañado de Nazgrok, quien se integró en el equipo, tras un breve intercambio de palabras y miradas de evaluación, quedó claro que, aunque su moralidad podía ser dudosa, su utilidad en el grupo era innegable. En la Ciudad de los Esplendores, cada alianza cuenta, y la de Nazgrok podría ser la pieza clave que incline la balanza a favor del grupo en futuras batallas.

Después de debatirlo, el grupo decidió ir al encuentro del misterioso Hlam, el monje ermitaño del Monte Waterdeep. Sin embargo, el ascenso al monte no fue sencillo. La lluvia incrementó su intensidad por cada metro que subían, así como el viento y el lejano rugido de los truenos hicieron que cada paso fuera una lucha. A pesar del peligro, el grupo se abrió paso hasta lo alto de la ladera. Fue entonces cuando llegaron las mantícoras. Dos de estas bestias aladas, desplazadas por el caos de la montaña, atacaron al grupo con ferocidad, buscando defender el que alguna vez fue su territorio. El combate fue intenso, pero el grupo logró imponerse con relativa facilidad. Aigor, aún atormentado por lo ocurrido, se lanzó con furia al combate, como si buscara desahogar su rabia en cada golpe. Elara y Alden mantuvieron el equilibrio en el enfrentamiento, mientras que Nazgrok demostró su destreza con su arco, moviéndose con precisión letal.

Tras el combate, el grupo finalmente llegó a su destino, la cueva donde reside de manera permanente el viejo monje Hlam. La entrada era estrecha y rezumaba vapor, como si el propio monte estuviera respirando. En el interior, la humedad y el calor eran intensos, mientras que piedras luminiscentes incrustadas en las paredes iluminaban el lugar. En el centro de la cueva, se encontraba el cuerpo de un viejo hombre, rodeado de un remolino de vapor. Su cuerpo deshidratado y agrietado parecía el de un cadáver momificado, como si su propia agua hubiera abandonado su cuerpo. Sin pronunciar palabra, el monje los arrastró a un trance profundo, llevándolos a un viaje dentro de sus propias mentes.

 

Aigor enfrentó su eterna batalla interna entre la luz y la oscuridad, deteniendo el golpe de su yo malvado y ayudando a su versión antigua, cuando aún era paladín.

«Has alzado tu mano hacia la luz, aunque te quema y pesa como una montaña. No todos los días se elige lo correcto, pero cada elección correcta forja un eslabón de la cadena que nos une al bien. Sin embargo, recuerda: la batalla no ha terminado. La oscuridad que has rechazado sigue observándote, esperando el momento en que bajes la guardia.»

Elara logró salvar a su yo infantil de las llamas, pero no pudo cruzar el muro de fuego que la separaba de Gale, atrapado en un lugar oscuro.

«La llama no solo destruye; también purifica. Has enfrentado tu miedo, y en ese acto has comenzado a sanar. Pero cuidado: el fuego que arde dentro de ti es una herramienta poderosa, no un juguete. Usa ese poder para proteger y no para consumir. Y recuerda… algunos muros no están destinados a ser destruidos, sino rodeados.»

«Su cuerpo está encadenado por magia oscura, su esencia mantenida prisionera por un hechicero cuya ambición no conoce límites: Manshoon. Las llamas que viste no eran reales, sino la manifestación de las barreras que lo separan de la libertad. El mago golpeaba el muro no para escapar, sino para avisarte, porque su tiempo se está agotando.»

«Elara, tu maestro te necesita. Pero para romper su prisión, necesitarás más que fuerza. Busca las marcas de Manshoon: un rastro en la Torre Dekarios, un objeto que vincula su magia con el cuerpo de Gale. El muro que viste puede ser deshecho, pero no desde el plano astral; necesitarás regresar al mundo material y enfrentarte a su creador.»

«Escuché un eco en tus llamas, una voz que susurra mentiras envueltas en miel. Te ofrecerá ayuda, pero su camino te llevará al abismo. La confianza mal puesta puede ser una llama que quema en lugar de iluminar.»

Alden renunció a las tentaciones terrenales y reafirmó su compromiso con su comunidad micónida.

«El que cuida el jardín a menudo pierde la cuenta de las horas, las espinas y el sudor que entrega, pero nunca duda de por qué lo hace. Has renovado tu promesa con la vida que proteges, y eso es un acto digno de respeto. Pero recuerda: el sacrificio no debe ser una carga eterna. Encuentra la alegría en tu deber, o el deber se convertirá en tu cadena.»

Nazgrok, en la prueba de la lealtad, eligió la supervivencia por encima de la moralidad, una decisión que podría tener consecuencias en el futuro.

«La supervivencia puede ser un argumento poderoso, pero a menudo dejamos atrás parte de nosotros mismos al perseguirla. Hoy has firmado algo más que un contrato: has añadido una grieta a tu reflejo. La cuestión es, Nazgrok, ¿cuánto más puedes romperte antes de que el espejo se haga añicos?»

Cuando el grupo despertó, el cuerpo de Hlam había cambiado, mientras que antes era seco y agrietado, ahora tenía una apariencia más natural. Se levantó con calma y les ofreció sus palabras:

«Las pruebas que habéis vivido son solo un reflejo de lo que sois. No hay fallos ni éxitos, solo aprendizaje.»

Pero su mensaje no terminó ahí. Con una voz firme, les indicó su próximo destino: la cueva de las anacoretas de Talos, donde el equilibrio del monte debía ser restaurado.

Para Nazgrok, sin embargo, dejó una advertencia adicional:
«En esa cueva, no solo hallarás enemigos. También encontrarás un eco de tu pasado. Lo que descubras ahí puede responder preguntas… o traer nuevas sombras.»

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *