Master

Alzar el vuelo en la oscuridad

Un enano se pierde en la niebla mientras el viejo druida sigue dominado por los laberínticos caminos de su cerebro, hasta que Myceno empezó a empujarle con lo que debería ser un hocico. Alden se sorprendió al encontrarse solo con su fiel compañero, incluso soltó alguna suave injuria hacia Aigor, por dejarlo con las palabras en la boca. Myceno avanzó hacia el norte sin mirar atrás, siguiendo un reconfortante y hogareño rastro al olfato de los dos viejos. De esta forma, a ritmo de paseo digestivo, llegaron a las murallas exteriores que delimitan el norte de la ciudad y que se abren hacía algo nuevo para Alden pero tan viejo como la vida misma, el cementerio de la ciudad, La Ciudad de los Muertos.

Los ojos de viejo no dejaron de maravillarse en ningún momento durante el trayecto, disfrutando de la majestuosa y exuberante vegetación que decoraban los mausoleos y tumbas de familias y personajes importantes para la urbe. Había calles, plazas y fuentes, todas ornamentadas con coronas de verde y marrón, con decorativas joyas en forma de flor, de todos los colores, formas y tamaños. Para los ojos de Alden, fue la primera vez que pudo sentir el equilibrio entre lo salvaje y la urbe, pues no solo había vegetación, diferentes comunidades de animales poblaban el lugar. Y sin darse cuenta se encontraba delante de una grieta en la tierra que descendía creando un cauce húmedo y frondoso en arbustos de media altura, Myceno ya seguía el rastro de la humedad hacia el interior de la tierra.

La pareja dobló varias esquinas hasta encontrar una abertura importante en la tierra, excavada por el agua mediante años y años de erosión, allí el vapor de agua se podía palpar, cuando se avanzaba por la sala, los poros de la piel notaban la resistencia de una pared de miles de gotas. Hasta que una voz emergió dentro de la cabeza de Alden, una voz aguda que a su vez parecía un coro de muchas voces menores. Era confusa, había desconfianza y miedo en ella, obligaba a Alden alejarse de allí y su cuerpo parecía reaccionar a esas amenazas hasta que un ladrido gutural y casi inorgánico retumbó por las paredes de la cueva. Centenares de sombras de polen y esporas salieron de las grietas y se lanzaron encima del cuerpo del perro, que se alzó varios metros sobre el suelo en medio de un torbellino negro, hasta que aquellas sombras se tornaron alas negras que sostenían al animal levitando en el centro de la sala…

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